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En el momento de su muerte, posiblemente ocurrida hace más de 1.000 años, ella tenía las piernas medianamente recogidas a inclinadas hacia el oriente. Sus manos, superpuestas detrás de la espalda y a la altura de la pelvis, muestran unos dedos crispados, encogidos como un signo de terror o dolor. La posición de los huesos en esa tumba prehistórica indican que la mujer fue enterrada viva, como parte de un complejo ritual con sacrificio humano, algo natural y característico de antiguas culturas. Esa es la explicación que Virgilio Becerra, director del departamento de Antropología de la Universidad Nacional, le dio a la Secretaría Distrital de Hábitat, al confirmar uno de los hallazgos arqueológicos más importantes de los últimos tiempos en Bogotá: la existencia en esa hacienda de Usme de una gigantesca necrópolis prehispánica, que podría tener unos 2.000 años. En ese camposanto, que habría sido centro de adoración y de sacrificio también de niños como ofrenda a los dioses, se calcula que habría unas 1.500 tumbas, dada la densidad de enterramientos halla dos en las pocas hectáreas exploradas de la hacienda. Teniendo en cuenta los informes preliminares de la Universidad Nacional, el personero de Bogotá, Francisco Rojas Birry, y la secretaría de Háb tat, Catalina Velasco, revelaron que los restos arqueológicos descubiertos pertenecerían a distintas épocas, de antes del siglo I al siglo XVI, pero hay vestigios que indicarían que algunas tumbas serían de tiempos anteriores. Los antropólogos a cargo de la investigación indicaron, sin embargo, que los primeros cuerpos los habrían enterrado en el periodo cultural llamado Herrera, es decir, entre el siglo I y el V de nuestra era, antes de que llegaran los muiscas. Luego hubo inhumaciones que corresponderían a la etapa muisca temprana, del siglo V al X; y los últimos enterramientos se habrían hecho en el periodo muisca tardío, después del siglo X. La antigüedad de las tumbas y restos óseos fue establecida luego de tres meses de trabajos de la facultad de antropología de la Nacional. Para ello, hicieron una recolección de muestras, pozos de sondeo, use de varilla introducida en la tierra y utilización de un moderno radar para de terminar mediante ondas electromagnéticas, condiciones y distintos movimientos hechos en el suelo. Luego, fueron cavando y encontrando decenas de tumbas con "individuos" adultos, masculinos, femeninos a infantiles, en distintas posiciones y, algunos, enterrados con collares, unos hechos con conchas, que aún sorprendentemente se conservan. También hay en el lugar vasijas y utensilios hechos en piedra. Hasta ahora, no han hallado un miligramo de oro en los recipientes cerámicos ni en las tumbas. Ahí está, por ejemplo, el esqueleto que perteneció a un hombre que probablemente fue el sacerdote o chamán de esa población prehispánica. Sus huesos, en especial el peroné, y vértebras tienen vestigios de que por mucho tiempo el `chamán' no recibió el sol. Sus manos crispadas indicarían que fue enterrado vivo, dijeron los investigadores al personero Rojas Birry, durante la visita que hizo el miércoles pasado al sitio del hallazgo. La indicación de que varios de los restos arqueológicos pertenecen al periodo Herrera obedece, entre otros aspectos, a que varios esqueletos, entre ellos los de niños, tenían cerca vasijas que identifican este periodo: fueron hechos en arcilla y en algunos de sus bordes fueron impresos rústicamente uñas y peines, característicos de esa época, corroboró la arqueóloga Marianne Cardalee, reconoci a investigadora del periodo Herrera. (El artículo continúa ...) Tomado del periódico El Tiempo, 20 de abril de 2008 |
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