sábado, 04 de julio de 2009

Carmen Rosa Pinilla Díaz - Historiadora - Zapatoca, Colombia Y Orlando Magno

Reconocimiento Carmen Rosa Pinilla Díaz


Las Tribus Indígenas en Colombia

Los pueblos indígenas son en su mayoría anteriores a la conformación del Estado Nacional. La irrupción de Europa en el Continente Americano, a partir del siglo XVI modificó, de manera abrupta, la vida de los pueblos indígenas.

Al momento de la conquista, los pueblos indígenas tenían una distribución y desarrollo desigual. En la península de la Guajira un complejo cultural Arawak dominaba el territorio; en la Sierra Nevada de Santa Marta, la Confederación de los Taironas agrupaba distintos pueblos de habla chibcha y sobre el litoral Atlántico se asentaban numerosas comunidades Caribe.

 

Al occidente, dominando al Atrato, estaban los Tule, sobre el Darién, los Cueva, y sobre los ríos Sinú y San Jorge, una densa población zenú. En la Costa Pacífica, los pueblos chocó estaban distribuidos a lo largo de todo el territorio,  mientras que en el noroeste andino se encontraban pueblos, probablemente Caribe, como los Pozo, Carrapa, Nutibara y Arma. En los actuales departamentos de Caldas y Quindío, los Anserma y los Quimbaya agrupaban poderosas confederaciones; y en Santander, Caribes del pueblo Yariguie dominaban la hoya del Magdalena, junto al Opón y Carare; allí también se encontraban los Barí y los Chitará, y en la frontera con los muisca, el pueblo de lengua chibcha de los Guanes. En el altiplano de Cundinamarca y Boyacá estaba la nación Muisca, la más numerosa hallada por los conquistadores.

Hacia el centro y sur del valle del Magdalena y en conflicto con los Muiscas, habitaban diversos pueblos de origen Caribe, entre los que se menciona a los Panche, Coyaima y Anaquí. En el actual Valle del Cauca tenían asiento los Lilí y Gorrión, mientras que en Nariño vivían los pueblos Pasto, Abad y Quillacinga. En los Llanos Orientales, pueblos  Arawak, como la nación Achagua y Sáliva, vivían junto a otros pueblos Caribe, como los Guahibo. Por último, en la Amazonia, una infinidad de pueblos desarrollaban distintas alternativas de convivencia con la selva tropical.

Las tribus que habitaban en la región  del Carare eran mansos, no así las del Opón, en las cercanías del río Sogamoso, que se distinguían por su fiereza; fue esta tribu la más aguerrida y valiente de todas las que habitaron los límites santandereanos, en los linderos de San Vicente por la Serranía de los Yariguies.

En las márgenes del río de la Chucurí, paraje arriba distante de su nacimiento, existió una tribu,  identificada con el nombre de los Yariguios, pueblo muy diezmado por las enfermedades, la pereza y el ocio que no les permitía el laboreo de la tierra para sustentarse: no atacaban a los blancos, antes bien, eran apacibles y sumisos; no así los Cubíos y Churitos, que vivían por los alrededores del Río Sogamoso que, según el historiador Padre de la Llana, junto con los temibles Yariguies, eran engendros infernales de oposición, nómadas, peligrosos y asesinos y que junto con sus compañeros se exterminaban mutua y recíprocamente.

Los Yariguies no laboraban la tierra, vivían  del pillaje, de atacar a otras tribus colindantes para arrebatarles sus sementeras; se llamaron  Yariguies porque habitaron en la margen de la Serranía, colindando con los Guanes, cuya cultura distaba mucho de la de sus compañeros, mientras los Guanes tenían toda una organización política y cultural establecida, los Yariguies no conocían ninguna, eran nómadas, no permanecían prácticamente en ningún lugar; vestían de guayuco y para sus ataques se pintaban con colores encendidos para infundir más terror al adversario.

EN TERRITORIO DE LOS MUZOS:-

Del Libro “Peregrinación de Alpha”, de Manuel Ancízar

Una vez consolidado el sistema de explotación colonial, fueron múltiples los factores que llevaron a los grupos étnicos originarios a la extinción: el desarraigo, las epidemias, los trabajos excesivos y la desarticulación de las sociedades indígenas, fueron algunos de los causantes de la catástrofe demográfica que caracterizó a los siglos XVI y XVII en la Nueva Granada. Las cifras de las visitas a las encomiendas por parte de los funcionarios españoles dieron cuenta de esta situación.

Frente a esta crisis poblacional, La Corona declaró a los indígenas como vasallos libres, permitiendo entonces la esclavización mediante la declaración de guerra justa, un recurso legal que, lejos de proteger a los indígenas, garantizó su sujeción a La Corona y al cristianismo mediante la práctica obligada del trabajo, con poca alimentación, acelerando así  su total desaparición de la historia de Colombia.

Los conquistadores tuvieron mucho que hacer en la tierra de los muzos para sujetarla; eran valientes y soberbios los indios, contaban a cada paso con fortalezas naturales para resistir la invasión castellana, y las quiebras y barrancos los ponían a salvo de los temidos caballos, que en este país eran más embarazosos que útiles a los invasores. Sin arcabuces nada habrían podido, como lo demostraron los descalabros que sufrió el  capitán Valdez, a quien arrojaron del territorio bien escarmentado.

En 1552, los acometió de nuevo Pedro de Ursúa con un cuerpo de veteranos, y logró penetrar hasta Pauna, con mil riesgos, fatigas e infames traiciones en que asesinó a los principales caudillos indígenas, con lo cual, creyéndose vencedor, fundó la ciudad de Tudela, a la izquierda del camino que de Muzo lleva a Puripí. Mas los valientes indios volvieron a la carga, atacaron y arrasaron la ciudad y expulsaron de nuevo a sus insufribles huéspedes. La experiencia enseñó a estos el modo de triunfar de los heroicos muzos, y en 1555 marchó sobre ellos el capitán Lancheros con  un cuerpo de arcabuceros y una numerosa jauría de perros cebados con carne de indios, los cuales fueron cruelmente cazados y despedazados en los bosques.

Venció Lancheros y noticioso de que en los cerros de Itoco había copiosas muestras de esmeraldas finas, fundó allí cerca una ciudad que llamó “Trinidad de los Muzos”, y es hoy el triste y maravilloso pueblo de Muzo.

LAS CUEVAS: espantable testimonio del suicidio colectivo de indígenas.

En las comarcas de Vélez  moraban numerosas tribus de indios laboriosos que Martín Galiano, fundador de la ciudad, halló regidos por los Usuques,  Agatá y Cocomé. Hízoles guerra de exterminio, cruel y traidora, como la acostumbraban los conquistadores, sin necesidad ni provocación, movido únicamente por el deseo de cautivarlos y venderlos a los nuevos encomenderos.

Los indios se defendieron hasta que la experiencia les demostró la ineficacia de sus armas comparadas con los arcabuces y perros de presa de los españoles, y entonces, desesperados, mas no abatidos, se retiraron a lo profundo de las cavernas, y tapando las entradas se dieron la muerte, pocos prefirieron la esclavitud. Recientemente comenzaron a descubrirse las entradas de estas cavernas, ricas en nitro, y al destaparlas para sacar el valioso mineral, se hallaron montones de esqueletos empalados, unos sobre otros, en astas de madera endurecidas , fijas en el suelo; la horrible historia del suicidio de dos naciones apareció allí manifiesta y espantable con su infinita variedad de suplicios voluntarios; pero los descendientes de los conquistadores, lejos de respetar la última morada de la raza oprimida, se han apresurado a quebrantar y revolver los huesos de las víctimas para quitarles las joyuelas de oro y excavar las nichos naturales sobre los que reposaban . ¡Triste destino de esta raza desventurada!, nuestros antepasados la saqueaban y atormentaban en vida; nosotros la perseguimos en los sepulcros para saquearlos después de muertos!.

LOS LACHES:  su boxeo y sus hombres-mujeres.

Donde hoy se levanta la Villa del Cocuy se hallaba la morada de un cacique principal de los Laches, nación independiente de los Chibchas.  Los Laches son de naturaleza bárbara  y de sus burlas no salen con menos daños que de la más cruda guerra. Su juego más celebrado era salirse a los campos por parcialidades a pelear unas con otras, arreglados con plumas y galas, y sin más armas que las manos, con que a puño cerrado y sin llegar a luchar, batallaban hasta caer o cansarse después de bien lastimados.

A estas fiestas llamaban Mommasen que hay tiros y golpes de mucha destreza y dignos de ver, que los españoles no desdeñaban de caminar diez o doce leguas por llegar al tiempo de su celebración. Viven hermanados con los puyes y Achaguas, y tienen por ley que si la mujer paría cinco varones continuados, hacían hembra a uno de los hijos a las doce lunas de edad, esto es, en cuanto a criarlo e imponerlo en quehaceres de mujer, y como lo criaban de aquella manera salían tan perfectas hembras en el talle y ademanes del cuerpo que cualquiera que los viese no los diferenciaría de las otras mujeres; a estos llamaban cusmos. 

Adoraban por dioses a todas las piedras, porque decían que todas habían sido primero hombres, y que todos los hombres en muriendo se convertían en piedras, y había de llegar el día en que las piedras resucitasen convertidas en hombres. Adoraban también a su misma sombra, de suerte que siempre llevaban a su dios consigo; y aunque conocían  que la sombra se proyectaba de la luz y cuerpo interpuesto, respondían que aquello lo hacía el sol para darles dioses. El pasaje citado revela la candidez de estos indios y lo impresionable de su ánimo, defectos que los predispusieron a recibir el yugo de los españoles sin hacer resistencia por el asombro que les causaba la vista de los caballos.

LOS TUNEBOS

El peñón de la sierra nevada del Cocuy lleva el nombre de “Gloria de los Tunebos”, y la tradición oral lo explica diciendo que una vez sojuzgados los indios, más por el terror que les infundieron los caballos y barbas de los españoles que por la fuerza de las armas, comenzaron a experimentar el peso de los tributos y el intolerable despotismo de los encomenderos con tal rigor, que, desesperados y no pudiendo recuperar la usada libertad de la selva se juramentaron a morir, y concurriendo por grupos de familias a la rambla que rodea la base del peñón  que en 390 metros se levanta concluyendo en la base del abismo,  echaban a correr hacia la cornisa y se despeñaban con sus mujeres y niños.

En comprobación de este relato muestran al pie del peñón gran número de huesos humanos esparcidos a todo viento, carcomidos por el tiempo y siempre rotos por lo violento del choque, señales de no haber pertenecido a cuerpos tranquilamente depositados en los sepulcros; y como los indios, sin excepción de tribus, se han distinguido por el religioso esmero en sepultar sus muertos en cavernas o en lugares apartados del tráfico, el estado de aquellas osamentas parece corroborar lo que la tradición refiere, teniendo el apoyo de hechos semejantes mencionados por los cronistas de las conquistas; a tal punto de desesperación redujeron los conquistadores a los indios indefensos, oprimiéndolos con vejámenes y exorbitantes tributos, que no les dejaban mas refugio que la muerte, como se vio en los agataes y cocotes, cuando se suicidaron todos en conjunto….

Filosofía de los Tunebos 

De Toledo para el oriente siguen vastos desiertos regados por ríos caudalosos que al juntarse forman el Sarare, navegable desde que se aparta de las cordilleras para seguir por los llanos hacia el singular desparramadero, donde distribuye su caudal entre el Arauca y el Apure. Habitan a orillas de los ríos varias parcialidades de indios tunebos, independientes y en extremo tímidos, que rechazan el cristianismo, porque dicen “cristiano si nace paga, si vive paga, si muere paga, y tunebo libre no paga”, lo cual es una triste verdad.

Cuando los señores González y Mendoza, en la exploración que emprendieron en 1850, desde Toledo hasta los llanos de Casanare, llegaban a una ranchería, eran recibidos con general desabrimiento, y “¡anda a tu parroquia!” les gritaban los indios coléricos, pero sin atacarlos; y como los halagasen, concluían por darles posada y alimentos, mostrándose humanos y generosos con los descendientes de sus perseguidores.

Tal es la índole de estos hijos de la selva; la dulzura y la justicia los habrían reducido fácilmente, en cambio la opresión, la codicia de los  misioneros y la llamada civilización de los españoles, los hizo aborrecibles; la ambición de la iglesia no les dejó ver en el cristianismo sino un sistema de tributos intolerables, pero ninguno de sus beneficios.

Viven quietos en el seno de los bosques, duermen al ruido de los torrentes en que al nacer los bañaron sus madres, adoran al sol como enviado y representante de Dios, que les otorga luz para contemplar las grandezas del desierto y calor para que germinen sus labranzas. ¿Con qué derecho los arrancaríamos de su hogar querido y cortaríamos su absoluta libertad?.

Su asombroso “camino” para aislarse de los blancos

Al respaldo de la sierra nevada se conservan independientes y aislados los restos de la belicosa tribu denominada tammez por Piedrahita,  hoy los Tunebos. Un indio viejo, animado por el espíritu evangélico, se hizo cristiano y comenzó a catequizar paisanos, erigiéndose en una especie de cura misionero, con tan buen suceso que no pocos tunebos se hallan reducidos y hacen el comercio de gomas, resinas, cacao y otras menudencias, adquiriendo en cambio sal y herramientas que van a buscar hasta el Socorro. Estos hablan el castellano muy mal y se dicen racionales para diferenciarse de sus compatriotas paganos.

Son todos grandes de cuerpo y vigorosos y transitan un camino que atraviesa la sierra por donde no hay nieve, el cual termina súbitamente  interrumpido por un ramal inaccesible y fragoso que,  arrancando desde las cumbres nevadas, se prolonga sobre los llanos y forma la barrera de separación entre los tunebos y sus tradicionales enemigos, los blancos.

En frente del punto en que parece concluir el camino hay un muro estratiforme, casi vertical,  de más de 300 metros de elevación y apenas adornados por algunos arbustos adheridos a las divisiones horizontales de la peña; desde la cumbre se nota un rastro usado y trajinado, perforado con una serie de pequeños agujeros alternados,  labrados de propósito. ¡Cosa increíble!, este es el camino de los tunebos.

El indio lleva cargadas las espaldas con tres o cuatro arrobas de peso, toma resuello al pie del peñón, mide con la vista la dirección del rastro y, sin vacilar un punto, comienza a trepar a guisa de rana, metiendo la punta de los pies y cuatro dedos de las manos en sus correspondientes agujeros, e izándose de seguido hasta la encumbrada cornisa.

Para bajar emplea un método aún más peligroso: llegados al borde del abismo toman en cada mano un largo bordón de macana y los adelantan como sonda hasta encontrar dos de los agujeros en el muro, afianzan los bordones, adelantan un poco el cuerpo sobre el precipicio y se dejan caer por las macanas hasta llegar con los talones a los agujeros; afirmados allí, vuelven a adelantar los bordones y a deslizarse más abajo, y así descienden sucesivamente al pie del peñón.

No hay cazador de venados, ni hombre alguno del campo que se atreva a imitarlos. En uno de mis viajes, invitado por los tunebos, determiné seguirlos, no llevando mas equipaje ni embarazo que una simple escopeta y habiendo trepado la tercera parte del peñón, fatigado los brazos y los pies, se me ocurrió mirar hacia abajo y fue tal el vértigo que se me apoderó de mi cabezas, que retrocedí a toda prisa y renuncié a mi propósito, por mas que la curiosidad me aguijoneaba. 

De esta manera los tunebos han inventado el modo de permanecer aislados de los blancos, sin estar en guerra con ellos. Y según parece, si no es por la parte de los Llanos, atravesando 20 leguas de desiertos, no hay entrada posible a los pueblos que ocupan.

En una de nuestras excursiones por aquellos alrededores nos encontramos con dos tunebos que iban al mercado de Güican. Era el uno ya entrado en años, pero derecho y fuerte, oscuro el color, cabello lacio cortado sobre la frente en línea recta y muy largo sobre los hombros y espalda, nariz afilada, bigote pobre y un mechón al extremo de la barba.

El otro representaba poco más de veinte años, su fisonomía despejada y clara, su continente en sí es no altivo, pero agraciado con el sello de la pujanza muscular; entrambos de estatura mediana y bien repartida, calzados con sandalias de cuero crudo, y por toda vestidura largas ruanas de bayeta.

Caminaban hablando recio en su idioma gutural y sonoro; y como nos encontrásemos de frente al volver un recodo, se quitaron los sombreros de trenza y el viejo empezó a saludarnos en tunebo, ,más luego trocó su habla por la castellana, y no sin dificultad, dijo:

-“Buenos días, taita y hermano; Dios manda dar limosna a tunebo”, y extendía la mano sin humillación, cual si cobrara un impuesto debido.

-¿Cómo tunebo, -le contestó mi compañero, pagándole el tributo, y hablas castellano?.

–“Si, cómo tunebo yo tunebo: tunebo racional por tronco y hermanos, y agua en la cabeza”.

- “Ah, le interrumpí, y entonces, ¿cómo no sales con tus hermanos a vivir acá entre nosotros?”.

– “No, hermano: acá no tierra para tunebo; allá, tierra bastante. Cuando Dios crió sol y luna, crió tunebo y tierra libre”, añadió con cierto movimiento de orgullo, y poniéndose el sombrero dirigió una mirada al taciturno compañero que se había mantenido a un lado; dijéronnos adiós y se marcharon sin admitir más conversación, como gentes que no veían provecho en seguir charlando.

VIDA, PASIÓN Y MUERTE DE LOS INDÍGENAS, DE TAUSA, SUTA Y CUCUNUBÁ

Por los años de 1540, los indígenas de Tausa, Suta y Cucunubá, concertaron un alzamiento contra los españoles, más para resistirles y librarse de la cruel sujeción a los repartimientos, que para atacar a los insufribles dominadores. Retiráronse con sus familias y mantenimientos al Peñón del Tausa, y en él se fortificaron haciendo acopio de piedras y peñascos para rodarlos sobre los odiados enemigos.

Cien españoles salieron de Santafé en demanda de los indios rebelados, y después de una desesperada resistencia quedaron aquellos infelices rotos y desalojados, con gran mortandad de hombres, mujeres y niños. “Por muchos días,  -dice el historiador Acosta-, no se vio otra cosa en estos lugares de desolación, sino bandadas de aves de rapiña, que se cebaban en los cadáveres de los destrozados indios”.

Escenas de la misma naturaleza, repetidas en todo el país de los indefensos chibchas, explican suficientemente cómo se verificó la rápida despoblación de estas fértiles comarcas, en términos que para 1576, apenas quedaban unos pocos indios, según la “Relación del Adelantado Gonzalo Jiménez de Quezada”, ¡resto infeliz de más de dos millones de habitantes que hallaron en esta planicie los españoles, treinta y nueve años atrás!.

El recuerdo del sangriento suceso me hizo pasar el desfiladero con cierta veneración por la memoria de los vencidos, defensores de su patria y de su libertad, por entonces totalmente perdida. Al pie del Peñón detuve el caballo. Procurando imaginarme la situación de los asaltados y el trance del combate, que sin duda fue recio y peligroso, mientras los pertinaces conquistadores trepaban aquellos peñascos y laderas verticales acompañados de sus feroces perros asesinos.

El viento, encajonado en el desfiladero, mugía contra las concavidades y ángulos salientes de la roca, y en la cumbre agitaba con sordo y prolongado rumor los árboles enanos que la coronan. Parecíame oír el clamor de los combatientes, tumultuario en lo alto, ronco y amenazador en  lo bajo de la casi inaccesible fortaleza.

La ciencia de la destrucción triunfó del mayor número, y la yerma soledad se estableció donde antes era poblado y resonaban los cantares de las inocentes indias y la risa de sus inmolados hijos. Hoy los sucesores y deudos de tantos mártires pasan por el Peñón de Tausa, sin saber lo que significa, y humildes y abatidos piden la bendición al hijo de españoles que paga allí su tributo de respeto a la desgracia inmerecida.

GUANE, EL PUEBLO DE LOS GUANES

Para llegar al pueblo de Guane, saliendo de la cabecera del cantón, hay que bajar al valle inferior por un camino en extremo pendiente y rodeado de barrancos profundos. Parece que los primeros constructores de caminos en  El Socorro, imbuidos en el axioma de que la línea recta  es la más corta de un punto a otro, se  propusieron realizarlo sobre el terreno, sin hacer caso de las serranías que atravesaban, y en consecuencia se descolgaron por precipicios y treparon derechamente por encima de altos picachos, trazado caminos tan ásperos que en realidad la línea recta es en ellos más larga que cualquier curva desarrollada, de fácil tránsito en menor tiempo.

La bajada de Barichara a Guane es uno de esos caminos rectilíneos capaces de desensillar las bestias por la cabeza, y de ningún modo adecuado al tráfico activo que el aumento de población e industria van estableciendo en la provincia.
Es Guane un pueblo antiguo de indígenas que el transcurso del tiempo y el haberse avecindado en él algunas familias blancas lo han mejorado mucho.

Tiene 1.000 vecinos, buena iglesia y escuela de primeras letras, pero lo cierto es que el método de enseñanza es tan dispendioso de tiempo, que un muchacho gasta sus mejores años en aprender a gritar, pero no a leer; los pocos indios puros que aún hay en Guane son de regular estatura, cuadrados de espaldas y muy fornidos de piernas, efecto de su continuo subir y bajar los cerros cargando pesadas maletas; la fisonomía maliciosa y los rodeos que emplean para responder cualquier pregunta indican la desconfianza con que miran a los blancos, escarmentados como están de salir siempre mal en sus tratos y relaciones.

Visten alzo calzón de lienzo, camisa de lo mismo, cubierta con la indispensable ruanita de lana; ellos y sus mujeres, que conservan el chicarte nacional en lugar de enaguas, gastan sombreros de paja grandes a prueba de agua y aún del tiempo. Durante la semana están metidos en sus chozas y los domingos y días festivos lo pasan en el pueblo andando por las calles al son de tambores y una especie de gaitas, que llaman clarines, desquitándose de las tareas y dieta de la semana con interminables tragos de chicha, de donde les resulta una confusión de ideas tal, que si las mujeres, más prudentes y sobrias que ellos, no los llevaran a sus casas, no acertarían con el camino y se quedarían regados por los campos; toda la instrucción que reciben se reduce a un cúmulo de nociones que de nada les sirve, y que  con el nombre de “religión cristiana” les inculcan; de ahí para adelante no  hay que buscar nada, su alma se encuentra sumergida en las tinieblas, su existencia, puramente material los embrutece y degrada.

Nada se ha hecho para sacarlos de esta miseria moral y levantarlos a la altura del hombre civilizado, el cual se contenta con cruzar los brazos y decir, sentenciosamente, desde lo alto de su cabeza; “esta raza es incapaz de civilización y de progreso”; y, en consecuencia, menosprecian al indio y se aprovechan de su ignorancia y de sus vicios  para quitarles la triste porción de la tierra de sus padres, que con los conquistadores le permitían poseer bajo el nombre de Resguardo.

LA HISTORIA DEL CACIQUE TUNDAMA Y SU SOBRINO-SUCESOR

Corría el mes de agosto de 1537 y el capitán Juan de San Martín, que con 30 hombres, por orden de Quesada, había marchado de Somondoco a reconocer unos llanos extendidos que vieron al S.E., se encontraba en Iza recuperándose de los quebrantos de salud, cuando se le presentó un indio anciano, de buena presencia, con la camiseta ensangrentada a causa de llevar cortada la mano izquierda y las orejas, que se manifestaban pendientes del cabello. Puesto delante del Capitán, con voz trémula por el dolor, la debilidad y el enojo, le manifestó hallarse en aquel estado por la crueldad de Tundamá, jefe soberano de Duitama, quien sabiendo la  entrada y proeza de los extranjeros en la tierra de los chibchas, reunió sus caciques para convenir en lo que debieran hacer, y siendo este anciano el único que le aconsejó la paz obtenida por regalos o tributos, airado lo mutiló con sus propias manos, diciéndole:

— “Ve a los ochíes de parte mía, y diles que de esta calidad son los tributos que yo pago a extranjeros, y que lo mismo en ti por cobarde, prevengo hacer con  ellos cuando lleguen a mis tierras, y que me pesará lo dilaten, y para que no lo hagan, tú les servirás de guía”.

Al mismo tiempo que San Martín recibía esta primera noticia del pueblo de los duitamas, recibía Quesada en Baganique, cerca de Ciénaga, la de la existencia del populoso reino de Honsahúa (hoy Tunja) dada por otro indio resentido. A San Martín lo engañaron los guías y después de muchos rodeos, lo llevaron a Toca, Siachoque y Ciénaga, temerosos de que los ochíes pusieran los pies en el valle sagrado de Iraca, y profanaran el santuario de Sugamuxi.

Quesada, con mejor fortuna, penetró hasta la corte del zaque Quimuinchateca el 19 de agosto y el 20  lo aprisionó y saqueó. Reunido San Martín con Quesada, le habló de Tundamá y su mensaje, noticia confirmada por el traidor que vendió al Soberano o Zaque, añadiendo lo que ningún indio se había atrevida a dar todavía, y era la de la existencia de Sugamuxi, soberano de Iraca, pontífice de los Chibchas y guardador de los archivos y caudales del máximo templo; de que resultó la marcha de todos y entrada en el territorio de Tundamá, quien les mandó un corto presente, rogándoles que se detuvieran en tanto que él, en persona, les reunía y llevaba ocho cargas de oro.

Hiciéronlo así los españoles, y mientras tanto el astuto indio sacó y escondió las joyas e ídolos de los adoratorios, apareciendo en seguida con gente bien armada, y convidando a los ochíes (españoles) a que fueran a recibir el oro sobre sus cabezas, porque a menos costa no podrían ganarlo.

Corridos de la burla, los atacaron hasta entrada a Duitama, pero salieron de la ciudad sin fruto alguno, y maltratados de las piedras y flechas, enderezando para Iraca. Al regreso de aquella expedición, pasaron por Paipa, y el Tundamá les mandó un mensajero, advirtiéndoles que allá iba a buscarlos, como en efecto se apareció con numerosos indios en pie de guerra, muy engalanados con petos y coronas de oro, distinguiéndose por medio de banderas los de Onzaga, Cerinza, Sátiva, Susa, Soatá, Chitagoto y otros curacas súbditos del uzaque altanero. En encuentro tuvo lugar en la llanura de Bonza, y la victoria quedó para los españoles, retirándose Tundamá con su ejército, más amedrentado por los caballos y arcabuces, que realmente derrotado. Quesada estuvo a punto de perder allí la vida derribado del caballo a punta de canazos, con lo que determinaron no detenerse en esta conquista por entonces.

Finalmente,  repartidos después en diversos grupos los indios de Iraca y Duitama, tocaron estos con su generoso jefe al capitán Baltasar Maldonado, en calidad  de siervos tributarios; marchó Maldonado en 1540 a sujetarlos; al pasar arrasó y saqueó las poblaciones de Iraca (Sogamoso), dirigióse luego a Bonza, donde lo esperaba Tundamá fortificado en  una isla rodeada de pantanos.

A traición lo vencieron, y en otros combates fuera de los pantanos acabaron de postrarlo de tal modo que hubo de pedir la paz. Otórgasela Maldonado y le impuso tributo arbitrario, que la codicia del ruin encomendero aumentaba sin tasa, dificultando más y más el pago. Reconviniendo una vez a Tundamá, respondió éste  con desgano, y   Maldonado le dio en la cabeza con un martillo matándolo vil y alevosamente.

A su sobrino y sucesor, que posteriormente recibió el bautismo de manos del obispo Fray Juan de los Barrios, le tocó un fin no menos trágico: apremiado con tormentos por el cruel y homicida oidor Mesa, a fin de que le contribuyera con crecidas cantidades de oro, y hallándole incontrastable, desnudo,   maniatado y cogido del pene con una cabuya, lo hizo pasear  como un malhechor por las calles de Duitama; no sobrevivió el sensible cacique a esta afrenta, vuelto a la prisión se suicidó, ahorcándose de una las vigas de la cárcel.

EL INCENDIO DEL TEMPLO DE IRACA O SOGAMOSO

La ciudad sagrada de Iraca, patrimonio del uzaque (cacique) Sugamuxi, que era también sumo sacerdote de los chibchas, encargado del famoso templo al sol allí fundado por el legislador Nenqueteba, se  hallaba un poco más al S.E de la villa actual  de Sogamoso, en un pequeño valle ceñido de cerros y sembrado por arboledas simétricas.

Después del saqueo de Hunsahúa se dirigió Quesada con veinte caballos y los mejores infantes de Iraca. Saliéronle al encuentro las tropas de Sugamuxi, esperándolos en el descampado de la llanura grande, donde acometidos por los caballos fueron deshechos tres veces los escuadrones de los indios, que asombrados  y llenos de terror huyeron a las montañas, abandonando la ciudad y el templo.

De la primera sacaron los españoles gran cantidad de oro, arrancadas de sólo la fachada de la casa que ocupaba el Cacique y  llegando su valor a cuarenta mil castellanos; bien veían los codiciosos invasores el brillo de los platos y lunas de oro con que resplandecía el exterior del templo, edificio gigantesco sustentado por pilares de madera corpulentos; pero el día se les acabó afanados en robar la ciudad y acordaron diferir para el día siguiente el saqueo de lo demás, acampando cerca del templo.

En el silencio de la noche sonaban las lunas de oro mecidas por el viento dando golpes agitados, y aquel ruido desveló a Miguel Sánchez y Juan Rodríguez Parra, peones vulgares y rudos, y más que todo, avarientos, quienes no pudiendo refrenar su codicia se fueron furtivamente al templo, rompieron las puertas y con un hachón de paja encendido comenzaron a reparar la gran cantidad de riquezas y primores dispuestos por las paredes y el techo, y dos filas de momias lujosamente ataviadas; deslumbrados por tanto oro pusieron el hachón encendido en el esterado suelo y empezaron a derribar joyas con tanta ansia, que no repararon que las esteras ardían hasta que prendiendo el fuego en las paredes cubiertas de finas telas, se levantó un torbellino de llamas tan furioso, que tuvieron que salir apresurados y con las manos casi vacías.

“Ningún volcán se mostró más ardiente en el arrebatado curso de las llamas que ese edificio, avivado por el soplo del viento, siendo lastimoso espectáculo de aquellos tiempos, considerada la majestad de su edificación, la grandeza de sus tesoros y la curiosidad de sus figuras; y  si a los ojos de los bárbaros fue objeto de lágrimas por el violento destrozo de lo más sagrado que veneraban, no fue menos lastimoso a los españoles por las esperanzas que entre las ruinas del fracaso dejaron sepultadas”.

La serie de sumos sacerdotes, desde el sucesor de Bochita, conservada en las momias, los anales de la nación, las crónicas de su civilización, lo más bien labrado de sus manufacturas en muebles, telas y metales preciosos, quedó reducido a cenizas; el breve espacio de una noche y la estólida brutalidad de los soldados fueron suficientes para aniquilar la obra de muchas generaciones y sumergir en la oscuridad la historia primitiva de un pueblo interesante bajo muchos aspectos.

Cinco años y medio después, Hernán Pérez de Quesada daba muerte violenta y alevosa al último zaque de Hunsahúa (Tunja) y a todos los uzaques y capitanes viejos congregados en Tunja con motivo del matrimonio de su desventurado señor, matando ellos de una vez los recuerdos y tradiciones que habrían podido suplir en parte la pérdida de los archivos de Iraca. ¡Tanto así eran bárbaros y feroces los que se decían enviados por un rey cristiano para civilizar estas regiones!.

LOS ZAQUES Y LOS ZIPAS

Los pontífices sucesores de Nenqueteba, por otro nombre Idacansas, padre y legislador de los chibchas, deseosos de que los jefes soberanos residentes alrededor del sagrado valle de Iraca (Sogamoso) no se hiciesen guerra, les persuadieron a que en asamblea de todos ellos levantaran por señor al más autorizado y le juraran obediencia, declarando hereditaria esta dignidad en los descendientes de las hermanas.

Así lo hicieron, y resultó electo Hunzahúa, de quien tomó nombre la Confederación, llamándose Hunza la capital. Apellidándole zaque, es decir, Señor Grande, lo  mismo que significaba zipa entre los bogotanos; epítetos tan estimados, que los principales capitanes chibchas los usaban antepuestos a sus nombres.

El 20 de agosto de 1537 llegaron los españoles a Hunza y avistaron el cercado del zaque a tiempo que el sol caminaba para su ocaso y su desmayada luz hería los edificios principales y los iluminaba con los resplandores de las láminas y piezas de oro que rozándose unas con otras movidas por el viento, formaban la armonía más deleitosa para los invasores, quienes sin más esperar se entraron arrebatadamente por las calles de la ciudad con gran turbación  de la muchedumbre de indios congregados junto al cercado, cuyos gritos y espanto fueron tales por razón de los caballos y la fiereza de los extranjeros, que confusos no combatían aunque se hallaban con las armas en las manos.

Quiminchatecha, imposibilitado de caminar a causa de su gordura y edad, mandó a sus guardias cerrasen las puertas del doble cercado que ceñían las casas, y arrojasen ocultamente por encima unas petacas en que había hecho recoger sus joyas y riquezas, y eran recibidas por los indios de afuera y transpuestas de unos a otros, sin advertirlo los españoles, ya que todos se hallaban en la puerta del zipa a fin de hacerse dueños de lo que había en el interior.

Llegados, el alférez Antón de Olalla rompió con la espada las cerraduras y le abrió paso a  Quesada, quien penetró a una sala grande en la cual le esperaba el zaque inmóvil y severo, sin dar muestras de sobresalto, sentado en una silla baja y rodeado de copioso número de cortesanos, todos con patenas de oro en el pecho, medias lunas de lo mismo y rosas de plumas ceñidas por diademas de oro; galas que no decían mal con las túnicas de lienzo de algodón caída hasta las rodillas, y las mantas cuadradas pendientes del hombro derecho sobre el lado izquierdo, ostentando en ella los dibujos y labores que indicaban el rango y nobleza de los que las llevaban.

Quesada, sin vacilar se dirigió al soberano e intentó abrazarlo amorosamente, pero los uzaques lo retiraron poniéndole las manos en el pecho, y con gritos manifestaron su indignación por tal bajeza; el español gritó más, hablándoles del Papa y del Rey de España y haciéndoles protestas de los daños y violencias que sobrevendrían, alborotándose todos. Creció la gritería; el alférez Olalla y el capitán Cardoso pusieron manos sobre Quimuinchateca  y lo aprisionaron, de que resultó trabarse un desordenado combate dentro y fuera de las casas, hasta que la oscuridad de la noche no permitió continuarlo, retrayéndose los indios harto escarmentados por los caballos y lanzas de Gonzalo Suárez Rondón.

Puestas centinelas y guardias comenzaron los españoles el saqueo y devastación, no dejando casa ni templo que no despojaran hasta reunir más de doscientas cargas de oro y esmeraldas; y como hallasen olvidada fuera del cercado una de las petacas que los indios sacaron, encontrando en ella ocho mil castellanos de oro y una urna del mismo metal que encerraba los huesos de  un cadáver, comprendieron que la mayor parte de las riquezas las habían transpuesto, apremiando con amenazas al soberano, quien permaneció silencioso falleciendo poco después víctima de la soledad y la amargura por su deshonra frente a la poderosa fuerza de sus victimarios.

Después de estos sucesos, la Confederación de Hunzahúa quedó disuelta, pues el último jefe Quimuinzaque, no sólo fue despojado de su capital el 6 de agosto de 1539 para fundar allí mismo la ciudad de Tunja, sino miserablemente asesinado por Hernán Pérez de Quesada con los principales uzaques, a los cuatro años de  un reinado aparente y oscuro. La multitud de indios que poblaban el territorio muchas leguas a la redonda fue presa de los conquistadores, que bajo el título de Encomiendas los redujeron a la esclavitud, sacándoles tributos arbitrarios. La sangre inocente de Quimuinzaque  y sus deudos, regada en los recién abiertos cimientos de la villa española sembró el germen de la decadencia del pueblo español como un reclamo a su insensatez y arbitrariedad.

 

LOS MOTILONES Y SUS CRÁNEOS DEFORMADOS

Recorrida la provincia de Ocaña debíamos trasladarnos a la de Santander por el afamado camino de “Los Callejones”, que mide 22 leguas desde aquella ciudad a Salazar, cabecera del cantón de su nombre en la segunda de las mencionadas provincias. El paisaje majestuoso, erizado de blancas pirámides agrupadas como los cañones de órganos desmesurados, quieto en la superficie y resonante bajo la tierra con ruidos de ocultos raudales, indemniza las fatigas del viaje.

Entre las anchas grietas de las rocas se hallan esqueletos antiguos, restos de los indios motilones. Los cráneos de los hombres presentan la frente comprimida y plana, predominando las prominencias correspondientes a  los órganos de la industria, el orgullo y las pasiones físicas; era manifiesto que habían sido achatadas por medios mecánicos, pues las suturas laterales se veían trastornadas en parte.

La costumbre de achatarse así la cabeza caracterizaba peculiarmente a los indios caribes, moradores del Orinoco en las cercanías del mar. ¿La recibirían ellos por raza o por tradición los motilones, tribu pusilánime avecindada  en lo interior de los Andes granadinos?

Un  ídolo de barro cocido, hallado en estos sepulcros, representa el tipo de la belleza ideal motilona: frente plana, erecta y menguada, ojos saltones, nariz enorme reposando en la boca de pródigas dimensiones e intachable gravedad, y el cuerpo en actitud de inmovilidad, sentado sobre los talones, como lo hacen los indios de la cordillera; nada de vestiduras, salvo una mitra cuadrada de la cual descienden hasta los hombros dos gruesas borlas, símbolo de autoridad y nobleza, que llevaban también los caciques de primera categoría.

CHINÁCOTA, POBLACIÓN DE CHITAREROS

Chinácota, pueblo de chitareros,  fundada en una hermosa meseta rodeada de altos cerros y que anuncian las tierras fragosas de Pamplona fue puesta bajo la doctrina de los frailes dominicos después de sojuzgada la comarca por los sucesores de Ursúa y Velasco, primeros conquistadores de Pamplona.

El régimen de encomiendas destruyó la población indígena, quedando sólo treinta indios en 1761, con otros tantos vecinos blancos, pobres y derrotados. En 1530 salió de Coro una expedición mandada por el alemán Ambrosio Alfinger, y atravesando el lago de Maracaibo y sierra de Itotos, cayó sobre el valle de  Uparí,  robando y matando a los naturales, que ni se defendían ni lo habían agraviado. 

Corrió por el Cesare abajo, talando el país de los pocabuses y alcolados, derrotó al belicoso Tamalameque y continuo su marcha por el Magdalena y el Lebrija, saliendo a los términos de la actual provincia de Soto. Si hubiera seguido rumbo al sur habría descubierto el reino de los Guanes, y acaso también las ricas y pobladas planicies en que moraban los Chibchas, sojuzgados siete años después por los expedicionarios de Santa Marta; pero torció al norte precedido por la fama de sus crueldades, que ahuyentaba delante de sí a  los atemorizados chitareros, y llegó al valle de Chinácota, donde pagó sus crímenes con la vida, que le quitaron los indios en 1532 en un feliz momento de rabia y dolor. Sepultároslo sus compañeros, dando al valle el nombre de Miser Ambrosio,  y con más hambre que botín regresaron a Maracaibo….

Esta irrupción devastadora quebrantó el brío de los chitareros y los dispuso a recibir humildes el yugo de otros dominadores. Así fue que no molestaron a Hernán Pérez de Quesada, cuando en 1540 pasó por las fronteras de aquel pueblo en busca del Dorado o Casa del Sol, ni opusieron gran resistencia, un año después, a Jerónimo de Aguayo, que por orden de Gonzalo Suárez Rondón marchó de Tunja hasta el asiento de Tequia para echar allí los cimientos de la ciudad de Málaga, primera fundación española en el territorio de los chitareros. 

En esta expedición estrenaron los conquistadores el sistema indígena de las cabuyas, que aún se conserva para el paso de muchos ríos impetuosos.  “Habiendo arribado al río Sogamoso  por la parte que llaman Chicamocha, dice Piedrahita (Conquista del Nuevo Reino de Granada) y es por donde más acanalado entre peñas corre furioso a encontrarse con las aguas del Magdalena, y reconocida la dificultad de pasar los caballos, porque el ímpetu del raudal y encuentro de las piedras no dan lugar al esguazo, vieron que para el tránsito los naturales se valían de una maroma, que afijada sobre dos grandes troncos de la una de y de la otra parte, ministraba forma para que, puesto en ella un cargador de fajas, pendiente de una tarabilla que corriese por toda la maroma halándola con sogas, pudiesen ligados los cuerpos en el cargador, conducirse a la otra parte.

Hubieron de conformarse con la costumbre establecida por los naturales, y aventurados primero por agua cinco arcabuceros de los más fuertes y diestros para que ayudasen con los caballos, que asimismo se consiguió con heladeras y sin desgracias, cosa bien singular y no vista hasta entonces por los nuestros, por no haber seguido aquel rumbo Hernán Pérez cuando fue en demanda de la Casa del Sol, sino el de la otra banda del río”.  Trescientos años después pasamos por este mismo lugar, colgados también de la cabuya, como la gente de Jerónimo de Aguayo, a presencia de las peñas y por encima del furioso raudal que vieron aquellos aventureros; la civilización europea no ha modificado la invención del indio americano. ….

Corriendo el año de 1549 gobernaba lo descubierto del Nuevo Reino el licenciado Armendáriz, quien deseoso de hacer algo que atenuara los cargos en residencia que se le preparaban, determinó enviar una expedición a nuevas conquistas; la organizó en Santafé y Tunja, y nombró por cabo superior a Pedro de Ursúa, sobrino suyo, y por maese de campo a Ortún Velasco, veterano experto en gu

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Publicado por Desconocido @ 16:51
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